Hay algo que me interesa más que saber si a Bad Bunny le gustan los hombres: entender por qué seguimos necesitando una respuesta.
Cada vez que reaparece aquella frase —«No sé si en 20 años me gustará un hombre»—, parece que nos invitan a resolver un misterio. Pero la declaración completa tenía bastante menos de confesión y bastante más de naturalidad. En una entrevista con el Los Angeles Times de febrero de 2020, el artista explicó que su sexualidad no lo definía, dejó abierta la posibilidad de que sus deseos cambiaran y añadió que, en ese momento, era heterosexual y le gustaban las mujeres. (Los Angeles Times)
Yo no leo ahí una promesa. Tampoco una pista que debamos descifrar. Leo a alguien que no siente la necesidad de garantizar quién será dentro de veinte años.
Lo que me resulta revelador es nuestra reacción: nos cuesta aceptar que una persona pueda dejar una pregunta abierta sin estar vendiéndonos una respuesta.
La masculinidad también puede quedarse pequeña
Para mí, el fenómeno Bad Bunny tiene mucho que ver con esa incomodidad. No solo con lo que canta, sino con las expectativas que desordena.
En el videoclip de «Yo perreo sola», apareció en drag. En 2020 también actuó con falda en The Tonight Show, aunque en esa ocasión la ropa acompañaba una denuncia muy concreta: el asesinato de una mujer trans en Puerto Rico. Son imágenes distintas, con propósitos distintos, y conviene no meterlas todas en el mismo saco de la provocación.
A mí me interesa precisamente esa diferencia. Una falda puede ser una elección estética, parte de un personaje o un elemento de protesta. No tiene por qué funcionar como un certificado de orientación sexual.
Si defendemos que la ropa no determina quién eres ni a quién deseas, no podemos convertir cada prenda de un artista en una prueba de lo contrario.
Lo que veo en esas imágenes no es una respuesta sobre su intimidad. Es una ampliación de las posibilidades de mostrarse en público. Y eso me parece más interesante que cualquier quiniela sobre su vida privada.
Una camiseta importa más que muchas insinuaciones
Cuando pienso en su relación con la comunidad LGBTQ+, hay una imagen que me parece especialmente significativa: la camiseta con el mensaje «Mataron a Alexa, no a un hombre con falda».
Bad Bunny la llevó en febrero de 2020 durante su actuación en el programa de Jimmy Fallon. La frase denunciaba el asesinato de Neulisa Alexa Luciano Ruiz y cuestionaba la manera en que se había descrito a la víctima, cuya identidad como mujer trans había sido negada en informaciones iniciales.
Ahí, para mí, la conversación cambia.
No estamos ante una ambigüedad que el público deba interpretar. Hay una persona asesinada, una identidad que merece respeto y un artista que utiliza su exposición para señalarlo.
No necesito convertir ese gesto en una canonización. Tampoco creo que una camiseta resuma todo lo que significa ser aliado. Pero me parece injusto reducirlo a una estrategia estética: había un mensaje explícito y una denuncia reconocible.
Yo prefiero valorar ese tipo de decisiones antes que ponerme a investigar qué puede significar una mirada o un movimiento de cadera.
El Super Bowl y la diferencia entre representar y pertenecer
La conversación volvió a encenderse durante el espectáculo del Super Bowl de febrero de 2026. Entre las imágenes que circularon estuvo la de Dan Santiago e Igor Faria bailando juntos. Santiago explicó después que ambos eran heterosexuales y que entendía aquel momento como una expresión de libertad y de representación de una comunidad que merece ser vista. (People)
Ese detalle me parece importante: la escena no era una declaración sobre la orientación de los bailarines. Tampoco sobre la de Bad Bunny.
Se puede participar en una imagen inclusiva sin estar contando la propia intimidad.
Yo puedo celebrar que dos hombres compartan una coreografía sensual en un escenario así y, al mismo tiempo, reconocer que esa visibilidad no sustituye la presencia, las oportunidades o la voz de los artistas LGBTQ+.
No veo por qué habría que elegir entre agradecer un gesto y examinar sus límites.
La pregunta que sí quiero hacer
Entiendo la sospecha detrás de la palabra queerbaiting. Entiendo que alguien se pregunte quién obtiene atención, prestigio o dinero cuando lo queer se convierte en una estética atractiva.
Esa pregunta merece espacio. Lo que no me convence es resolverla exigiendo una confesión.
«Si haces eso, demuestra que eres uno de nosotros» me parece una condición difícil de reconciliar con la libertad que decimos defender. Nadie debería tener que salir del armario para justificar cómo se viste, cómo baila o a quién decide apoyar. Y nadie debería tener que entrar en uno porque el público no acepta su propia descripción.
Mi criterio sería otro: mirar las acciones, distinguir una denuncia de una campaña y observar si la inclusión deja sitio a las personas que dice celebrar.
Para mí, la palabra clave es coherencia, no confesión.
No necesito que Bad Bunny sea queer para valorar un gesto suyo. Tampoco necesito declararlo un aliado perfecto para disfrutar de su música o reconocer sus contradicciones.
Quizá lo más interesante del fenómeno sea eso: que nos obliga a decidir si queremos ampliar la libertad o simplemente repartir de otra manera los permisos.
Yo prefiero lo primero. Que una falda no sea una prueba. Que un baile no sea un interrogatorio. Y que «no sé quién seré dentro de veinte años» pueda ser, sencillamente, una respuesta suficiente.

